Las Galletas de la Yoyo
Hoy escribo para contar un poco sobre este proceso de construir una mente próspera, algo que deberían enseñarnos desde pequeños. Sin embargo, ya que estamos en la era en la que los millennials “hemos aprendido la importancia de la salud mental”, crear testimonios reales es clave para que podamos identificarnos y, de esa forma, salir de la mente —a la cual yo llamo hámster— para accionar. Es decir: mover esas nalgas.
Voy a ir tres pueblos atrás para que me vayan conociendo. La Yoyito nació en Venezuela, emigró a los 27 y ahora tenemos 36. Ocho años que parecen dos días y una hora. Aunque ahora vivo en Chile, crecí en la Venezuela acomodada, de clase media, en una familia normalmente disfuncional, como tantas. Si no eres de Venezuela pero te sientes identificada, pues saludos a ti que me lees: no estás sola.
Mis hermanos, por otro lado, son un amor. Y yo, como hermana mayor, por mucho tiempo quise hacerme cargo, ser la mejor, la más inteligente, porque sentía que la bonita era mi hermana. Y claro, en todo esto sales en el cuadro de honor, pero no te enseñan cómo generar riqueza ni cómo pensar con prosperidad.
De hecho, la palabra “prosperidad” la escuchas en Navidad, cuando lees el mensaje “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo”, y claro, asumes que próspero es algo “bueno”. La idea de éxito viene más por el hecho de graduarte, casarte, tener carro, familia y listo: fuiste bueno, ya lo conseguiste todo. Pero, ¿qué hay de la prosperidad?
La prosperidad se define, según la Real Academia, como bonanza, bienestar, felicidad, holgura, riqueza, progreso, expansión, éxito, auge y esplendor. Su antónimo es la decadencia.
Y claro, en este punto seguro piensas: “¿Y qué hay de todo lo que se dice en redes sociales sobre la prosperidad, los retos, cursos, talleres, masterclass?”. En realidad, lo que no nos dicen es que nacemos prósperos, con todo lo que necesitamos. Incluso si tenemos alguna discapacidad, la verdadera discapacidad no es física: es mental.
La verdadera prosperidad —la que me llevó a hacer mis primeras galletas para venderlas en la oficina, aun cuando no eran perfectas, ni las mejores, ni las más ricas— fue aquella sensación en mi cuerpo y esa señal en mi cerebro de que si quiero, puedo. Esa es la prosperidad: la certeza de que lo que quieres, puedes alcanzarlo. Solo te necesitas a ti, sin importar tu condición física o financiera.
Mucho se habla de visualizar, y claro, puedes visualizar. Pero si no te mueves por ello, no va a llegar de la nada. Igual cuando dicen: “Afírmalo para que lo logres”. Si en lo más profundo de tu ser no lo crees, si no te ves, si no te sientes capaz, no lo vas a lograr.
Hay un libro que te recomiendo: Piense y hágase rico. Aún no lo termino, voy por la página 67, porque aquí somos sinceros. Para qué tanto patuque: lo real es lo mejor.
Volviendo al tema, hay dos cosas que me han roto y vuelto a la vida, y quiero compartirlas contigo. Son de profundo valor. Si no te hacen sentido, dales una segunda vuelta:
Si no ves riqueza en tu imaginación, nunca la verás en tu cuenta bancaria. Si no te ves con tus deudas pagadas, si no te crees capaz de conseguir un nuevo trabajo, si no te sientes con el derecho irrenunciable de sentir y ser amor, no lo verás reflejado en tu vida de ninguna forma. Hay que creerlo, sentirlo en el cuerpo y accionar. Vivirse el proceso como los aprendices de la vida que somos. Si no existe en tu mente, no existe de ninguna forma.
Más oro se ha sacado del cerebro humano que de la tierra. Esto es ORO literal. La verdadera riqueza, prosperidad y abundancia vienen de nuestras ideas, de nuestro propósito, de ese deseo de alcanzar algo. Fíjate en este ejemplo: imagina que tienes un emprendimiento y estás sumamente preocupado por generar más ingresos. Quieres aumentar la facturación y, con tu atención y energía puestas ahí, dejas de lado lo importante: construir nuevas formas, maneras y tendencias para generar más valor para tus clientes.
El verdadero oro está en las ideas, en nuestro valor, en lo que aportamos al mundo. Ahí está el oro. Y, por consiguiente, el dinero llega, porque la mente no está enfocada en el dinero, sino en aquello que te mueve y te hace vibrar en una frecuencia donde puedes crear. Somos seres creadores. Podemos crear todo aquello en lo que creemos. Y ese es el proceso por vivir. El dinero llega como una consecuencia; una feliz y maravillosa consecuencia.
El título de esta historia es Las Galletas de la Yoyo porque, después de 36 años y de hacerme consciente de que no tenía una mente próspera, entendí que no es el sueldo que te pagan, sino aquello que decides hacer para atraer dinero a ti.
El miedo que sentí al hacer las galletas fue enorme. Mi hámster solo decía: “Te van a quedar malas, saladas, y peor: se te olvidó echarles polvo de hornear”. En ese momento decidí negociar con mi animal molesto y le dije: “Hagamos algo. Si de verdad algo de eso pasa, no hago más galletas” (aunque estaba segura de que había puesto todos los ingredientes).
Tomé todos mis miedos, mi bandeja de vidrio, guardé mis galletas y, con una sonrisa enorme, llegué a la oficina y dije en voz alta: “Chiquillos, traje galletas por amor a $2.500, y si me compran dos, a $3.500”. Así las empecé a vender. Mientras quitaba la alusa de mi bandeja, vi a todos moviendo sus billetes, dispuestos a pagar por mi MVP.
¿Y saben qué fue lo mejor? Más allá del dinero que gané, fue darme cuenta de que puedo. Porque si lo imaginas y te enfocas en tu oro (tu idea), claro que puedes.
Así que, amiga, amigo, amigue: si estás ahí con una idea, dale no más. Cree en tu idea, porque si crees en ella, ¿sabes en quién más crees? En ti. Tu idea eres tú.
Y si vives en Santiago, escríbeme. Ya sabes que las galletas cuestan $2.500, y $3.500 las dos.
¡Nos vemos por ahí!
Con cariño,
La Yoyito ❤️

